Mensaje del 24 septiembre del 2008

Hijos míos, habéis conmemorado los cuarenta años de mi muerte, o más bien dicho de mi salida de la Tierra. Para vosotros, el día en que os anunciaron mi fallecimiento fue un día de tristeza y de llanto, pero para mi fue un día de alegría y de fiesta. Mi existencia se acabó tras 81 años de vida, cincuenta de ellos con estigmas y sufrimientos, y por fin pude gozar de las plenitudes de la “Vida eterna”.

Si, queridos hijos, mi vida fue una vida de sufrimiento y de lucha, pero fue también una vida de alegría y de comunión intensa con mi Señor Jesús Cristo que tanto me ayudó y que tanto me acompaño con su Amor.

He vivido momentos difíciles, muchas veces me he sentido abandonado, pero cada día me levantaba con alegría pues sabía que muchos peregrinos venían hacia mi para recobrar la paz del alma y yo no podía permitirme decepcionarlos. Muchos fueron los que me pidieron de curarlos física y espiritualmente o que me lo pedían para un conocido. En comunión, en intima relación con Jesús, yo le pedía su ayuda y su apoyo para ayudar y aliviar tantos sufrimientos.

Son tombeau où il fut déposé en 1968

Soy muchos los que habéis desfilado ante mi despojo mortal. Cuantas oraciones secretas fueron realizadas en aquel momento. Cuanto fervor, cuanta intensidad en vuestras devociones: las paredes y las columnas de la iglesia temblaron. Pero, hijos míos, quisiera tanto que toméis consciencia de que no estoy en mi ataúd y que cada día estoy espiritualmente al lado vuestro. Velo sobre vosotros e intercedo con Jesús para aliviar vuestras desgracias y vuestros sufrimientos. No os creáis nunca abandonados, no estáis nunca solos, todos los santos y todos vuestros Guías velan sobre vosotros y os guían entre las aflicciones de vuestro mundo caótico.

Seguid rezando, os lo pido ardientemente. No menospreciéis el poder de la oración, es inmenso, es como una varilla mágica. Uniros para rezar en un mismo ímpetu de corazón, en un mismo Amor. Cada vez que oráis estoy con vosotros. ¡O no! El padre Pío de Pietrelcina no ha cambiado de temperamento ; siempre sé lo que quiero y mi deseo el más profundo es de poder siempre ayudaros, sosteneros y guiaros en vuestro camino, insuflándoos el alimento espiritual necesario a vuestra evolución. Por ello os exhorto, del mismo modo que lo hice en mi vida terrestre, a vivir en la Paz, la Alegría y el Amor en perfecta harmonía con lo Divino. En paz con vuestra conciencia, sabiendo que cada día hacéis todo lo que está a vuestro alcance para ayudar à vuestro prójimo.

Hoy, el grito de mi corazón es para recordaros estas palabras de Jesús : “Amaros los unos a los otros como yo os amo”.

Si amarais con el Amor verdadero, con el amor de Cristo, vuestras vidas serían mucho más bellas ¡y cuanta luminosidad brotaría de vuestras almas!

¡No, no he cambiado! No se cambia verdaderamente, guardamos nuestro carácter (¡por fuerte que sea!). Lo que cambia es nuestro ser espiritual el cual, liberado de su corteza terrenal, puede continuar a evolucionar en completa harmonía en el Amor divino. ¡No me lloréis, pues no vale la pena ensuciar pañuelos!…Tras cuarenta años estoy feliz, felicísimo!

Deposito en vuestros corazones una rosa roja, y cada vez que os sintáis abandonados pensad en vuestros amados del Más allá : en aquel momento un olor de rosa os llegará y así sabréis que todos nosotros os amamos y os protegemos. Os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Os amo y cuido de vosotros. Guardad la Fe, la Confianza seguid rezando.

Mensaje publicado en la Revue de l’au-delà Nº 129 (noviembre 2008)